lunes, 6 de agosto de 2018

¡Hasta siempre, Sr. Stanley!♥️


En memoria del Sr. Stanley Bouana.

Una de las características de las RRSS es su inmediatez en enterarte de algo que acaba de suceder, por eso, cuando la noche del 02 de agosto de este 2018, empezó a correr por la red la noticia de su fallecimiento, se me hizo un nudo en el estómago. Es cierto que cuando alcanzas cierta edad y arrastras algunos temas de salud, cabe la posibilidad de que tu marcha pueda ocurrir en cualquier momento; aunque a decir verdad el último año y, sobre todo, la última vez en que coincidimos (justo el día de su cumpleaños) sospeché que esta triste noticia nos iba a golpear más pronto que tarde. Reconozco que esa noche tuve un mal presagio, me habría gustado equivocarme.
Lo primero de todo, quiero expresar en este escrito mis más sinceras condolencias a sus seres queridos por su gran pérdida. No hay duda de que el señor #Stanley era un hombre especial, (nunca pude tutearlo aun considerando que nos unía una amistad y que, además, a él le resultara gracioso que tras el paso de los años yo persistiera en hacer esa distinción). No sé, quizá era la admiración y respeto que siempre le tuve que no me permitía hacerlo, pues me parecía desconsiderado por mi parte.
He tenido la oportunidad de leer comentarios de otros muchos que pasaron por su vida, la mayoría recordándolo por sus logros profesionales, por sus negocios. Otros tantos por haber trabajado para él o incluso, por otras circunstancias, amistad, etc., es evidente que marcó a muchas personas. Sin embargo, yo, no lo recordaré por ningún aspecto profesional ya que no tuve demasiado trato con él durante aquella época dorada, ni tampoco trabajé nunca a sus órdenes (algo en lo que tengo entendido, era bastante estricto y exigente). En mi caso quiero recordar al ser humano, a la persona a quién tuve la fortuna de conocer y desde luego, a lo que significó para mí.
Siempre me ofreció un trato exquisito. Era culto, educado y tenía un porte y elegancia, que lo acompañaron hasta su último aliento; sin duda, un hombre coqueto que cuidaba los detalles. Tenía un innegable estilo y ese: “savoir-faire” (tan típico francés) y que lo caracterizó a lo largo de toda su vida. Para mí, un caballero de los que quedan pocos pero que, a su vez, era capaz de sorprenderte con algún comentario directo, sin filtros ni medias tintas, no había florituras cuando se trataba de expresar su opinión; o al menos, lo hacía sin ningún tipo de cortapisas cuando se dirigía a mí. Pero es que él era así, auténtico y genuino. Carismático y, posiblemente, irrepetible.
En ocasiones quedábamos para tomar algo, sin embargo, ambos sabíamos que era innecesario citarnos de antemano pues conocíamos bien nuestra rutina, los lugares y horas en los que fácilmente podíamos coincidir por alguna terraza del pueblo y, en donde sentarnos a charlar un rato. Además, sabía que yo cruzaría la calle si lo veía al otro lado de ella; y yo, era consciente de que en cuanto me viera me recibiría con una de sus sonrisas. A veces, hablábamos de cosas banales, intrascendentes o incluso, nos enfrascábamos en alguna conversación sobre temas actuales. Podíamos saltar de un tema a otro y por supuesto, retomarlo de nuevo en un próximo encuentro, aunque hubieran pasado semanas o algún mes de por medio. Me hablaba de sus negocios, de sus planes y es que…, curiosamente, a pesar de su edad nunca dejó de tener ganas de hacer cosas. Me contaba sobre sus viajes a Saint Tropez o a París, ya fuera por negocios, o por temas de salud. Me hablaba de sus hijos y de algunos de sus proyectos, pero, sobre todo, de lo orgulloso que se sentía de ellos. También mencionaba a sus nietos y ahí, usando un tono algo pícaro, me soltaba la pregunta de rigor: ¿Y tú, a qué esperas para tener un “bambino”? (Siempre utilizaba esa misma expresión). Yo sonreía. Ya no tengo edad para eso, le decía (aunque él ya conocía mi respuesta con anterioridad pues ciertamente, me la había hecho cientos de veces). Además, mis niños, son mis libros, le respondía veloz. Y entonces se interesaba en conocer detalles, en cómo funcionaban las ventas, en si ya tenía alguna historia más en mente, etc. Por lo general me animaba a seguir adelante (no podía ser de otra forma viniendo de un hombre de negocios cómo él), pero también solía regañarme y es que, consideraba, que debía ser más ambiciosa. Nunca dejó de darme buenos consejos. Era un hombre con mucha experiencia y mundo a sus espaldas, con miles de anécdotas e historias y que no dejaba indiferente a nadie; siempre tenía algo interesante que contar y yo, por supuesto, lo escuchaba atenta, diría incluso que con fascinación.
Siempre será el eterno “Gentleman”, nunca perdió ni un ápice de su encanto y, desde luego, llevaba tatuado en su ADN aquella reconocida faceta de CONQUISTADOR, (que no puedo dejar de remarcar en mayúsculas). Solía bromear y le agradaba que me sujetara a su brazo en los cortos trayectos de un banco a una terraza, o desde cualquiera de esos puntos hasta llegar al parking donde aguardaba su coche, pues a pesar de que nos separaban biológicamente unas cuantas décadas, le divertía mucho descubrir el cruce de miradas de aquellos que especulaban sobre el grado de relación que pudiera existir entre nosotros; ese siempre fue un buen punto de partida para echarnos unas risas.
Para mí, Sr. Stanley, tal y cómo escribí en la dedicatoria que le hice cuando le entregué mi última novela: “era usted una fuente inagotable de inspiración en cada una de nuestras conversaciones”; me regaló muchos momentos inolvidables. Y de ahí, que decidiera hacerle mi particular homenaje en ese último libro, quizá, una forma de inmortalizarlo. No fue difícil hallar la inspiración para crear en su honor un personaje que, aunque “es ficticio”, contiene pinceladas reales sobre su vida. Y ahora, tras descubrir la triste noticia de que nos ha dejado, me reconforta, al menos, saber que pude hacerlo estando aún en vida y no después.
Señor Stanley, LO ECHARÉ DE MENOS. Me quedo con la sensación de que el tintero aún no se había secado y de que, todavía, quedaban muchas historias que me habría entusiasmado escuchar, sin embargo, le prometo, que guardaré con cariño y celo todas aquellas que me quiso regalar.                                   
Le confieso e intuyo, que a partir de ahora mis paseos por el pueblo nunca volverán a ser lo que fueron. Que será inevitable que mi mirada se pierda en dirección a la Pizzería, cada vez que pase frente a ella, tratando de encontrarlo allí y que, sentada en alguna de las terrazas en las que solíamos coincidir, instintivamente, observaré a mi alrededor esperando a verlo llegar… ¡HASTA SIEMPRE, Sr. STANLEY!

Elena Porras Sánchez (#PlatjadAro, 04-08-2018).
*Foto: 03 de agosto de 2017.

miércoles, 9 de mayo de 2018